El pasto era alto. Alto y suave al tacto. Se mecía atado a los caprichos de los vientos sin oponerse de la forma en la que los más viejos arboles del lugar lo hacían. También era verde pero no aquel verde sediento que se dejaba ver en los veranos. No. Este pasto era un de verde nuevo, un verde brillante y saludable. Era un verde de primavera.
Quizá era porque era primavera. Y con la primavera venia la oportunidad de comenzar de nuevo junto con las flores que brotaban por todos lados, los animales que despertaban del sueño que semejaba la muerte, de las tribus que marchaban de vuelta sus tierra originales. Aunque también estaban aquellas personas que durante el invierno se habían dejado llevar por los espíritus y les habían entregado sus almas a cambio de la promesa de calidez y un sueño eterno.
Y eso era lo que estaba frente a la chica. Tenia dos semanas que la nieve había comenzado a derretirse y humedecer la tierra, dejando al descubierto sus fechorías.
Apretó las cuerdas de su mochila e hizo una leve mueca con la boca al sentir la pestilencia de la muerte. Cerró los ojos y murmuró un leve oración. Era triste pensar que el alma de este ser se había perdido para la eternidad pero tampoco era tan extraño. Este era el orden de todo.
Se quedó parada frente al cadáver semi-congelado, sin saber bien que hacer. ¿Le daba sepultura? ¿Dejaba que algún animal lo devorara? ¿Fingía nunca haberlo visto y seguía con su viaje hacia la capital? Con un suspiro de resignación se quitó la mochila, bajó su lanza y se sacó la túnica de viaje.
Con los labios fruncidos en pensamiento, levanto la mirada al cielo, probablemente el hombre habría caído por la colina que daba entrada al valle enterrado bajo el follaje de los robustos árboles y herido, había decidido dormirse para dejar que el dolor se fuera solo. —Tonto -murmuró sin quererlo mientras comenzaba a hacer un hueco en la tierra marrón.
De todas formas algo lo habría matado. Una manada de lobos cazando, un oso buscando comida para sus cachorros, un no-humano buscando piel nueva para su rostro ya podrido. Los vientos le habían dejado de sonreír el momento en el que se había separado de su tribu.
Observó su trabajo con ojo critico. No era el hueco más recto pero haría el trabajo. Era lo suficientemente hondo como para evitar que el olor de podredumbre se colara y atrajera a los carroñeros, y era lo bastante ancho para no tener que desmembrar el cadáver y hacerle entrar. Se arremango la blusa y empujó el cuerpo, cerrando los ojos y negándose a ver la expresión pacifica del rostro.
Al darle la vuelta, una melena roja con trenzas salió de debajo del gorro de la túnica de invierno. Y apretó los dientes con fuerza. Juntando fuerzas le dio un último empujón, escuchando bajo ella el eco del golpe. Murmuró otra bendición y dejó caer dos monedas junto con una vela y un ramo pequeño de flores.
Las manos le comenzaban a escocer pero aún le faltaba terminar de llenar la tumba improvisada. Resopló al sentir el sudor en las axilas y en su nuca. El sol ya estaba en lo alto del cielo y la golpeaba directamente en el rostro aunque más que golpearla, la engullía con su resplandor dorado. Quizá el hombre no tendría una tumba en la que vendrían a recordarlo los miembros de su tribu pero le daría el sol todo los días y lo mantendría caliente y nunca más tendría que dar su alma a los espíritus de invierno.
Cerró los ojos y sintió el sudo resbalar por su frente y su cuello. Ya no quería seguir ahí. Tenía un viaje que hacer. Una misión.
Para cuando había terminado de enterrar al hombre, la tarde había llegado y mientras que el sol que la engullía ahora era más naranjado que dorado, ya no sentía la diferencia. Dando la espalda a la tumba y colocándose la mochila, tomo la lanza en una mano y se subió la capucha, volteando a enfrentar su camino —Adiós padre. Descansa. —murmuró antes de caminar fuera del valle y lejos de todo lo que durante veinte años había conocido.
La guerra se acercaba y ella iba a luchar.
Era primavera. Y con la primavera venia la oportunidad de comenzar de nuevo junto con las flores que brotaban por todos lados, los animales que despertaban del sueño que semejaba la muerte, de las tribus que marchaban de vuelta sus tierra originales. Pero también era la estación en la que debías buscar a tus muertos, aquellas almas que durante el invierno se habían dejado llevar por los espíritus y les habían entregado su más preciada posesión a cambio de la promesa de calidez y un sueño eterno, y darles entierro.